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Corazón tan blando

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No soy bueno para quitar el cuerpo cuando me piden dinero. He salido a mi madre. Tengo el corazón tan blando y la billetera floja. Como el dinero que poseo me ha sido legado en improbables herencias familiares, me gusta compartirlo con quienes más lo necesitan, a modo de agradecimiento porque mi vida ha sido bendecida por la fortuna. Sin embargo, no siempre es fácil distinguir entre quienes...

El tiempo que perdiste conmigo

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Esta semana mi exesposa y mi exnovio cumplieron años el mismo día, un quince de abril, ella cincuenta y ocho años, el cuarenta y ocho. Atravesado por las dudas, que es como suelo sobrevivir, les escribí breves y sentidos correos, saludándolos por su aniversario, pero, como era de suponer, no me respondieron. Eligieron rencorosamente no agradecerme porque no me consideran un exesposo o un exnovio...

Tu novio no entrará en mi casa

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Cuando la acaudalada beata Dorita Lerner cumplió ochenta años, decidió vender sus acciones en compañías mineras de su familia y repartir la mitad de su fortuna entre sus seis hijos varones, todos los cuales esperaban con impaciencia que por fin les lloviera el dinero de su madre. Militante de una cofradía religiosa, devota en cuerpo y alma de las ficciones sagradas, asidua visitante del Vaticano...

Río Grande, Puerto Rico

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En pocos días los peruanos habrán de elegir a un presidente, o a dos candidatos que semanas después se disputarán la presidencia. Yo, que hace muchos años sobrevivo fuera del Perú, y no tengo planes de volver a residir en ese país del que escapé soñando con ser un escritor, me abstendré de votar. Por primera vez en mi vida, ya sesentón, desencantado de la política, he resuelto no votar en primera...

Bayly’s en las rocas

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El diario español “El Mundo” ha revelado, en artículo firmado por su cronista Pío Canario, que mi hija mayor, Camelia, abogada de prestigio, se ha casado, ante cura católico, en templo religioso, en la ciudad del polvo y la niebla, donde ella no nació, y que yo le hice un desaire, pues me quedé en casa, cultivando la pereza, arrastrándome en pijama y pantuflas, y negándome, como todo un patán, a...

El huracán (todavía) lleva tu nombre

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En vísperas de la boda de mi hija en la ciudad del polvo y la niebla, comí con mi madre en su casa de jardines paradisíacos y me abstuve de probar los postres porque al día siguiente me exhibiría en sociedad y no quería verme tan gordo. Era un día soleado de verano. Radiante a sus ochenta y cinco años, mi madre bendijo los alimentos y, haciendo sonar la campanilla, gobernó la mesa, mientras...

Un hombre sin pantalones

U

Yo no sabía hacer el amor cuando me casé por primera vez. Si bien amaba a mi esposa, no sabía hacer el amor con ella ni, todo sea dicho, con nadie. En los años que estuvimos casados, traté de aprender, y mi esposa se esmeró en educarme, pero la verdad es que fracasé. Soy lento, soy lerdo, soy tonto sin remedio. Ese matrimonio sobrevivió unos años, nos llevó de luna de miel a París, nos dejó dos...

El esposo mascota

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Vengo de comer con Frida Kahlo, me dijo mi madre, en un mensaje de voz que envió al celular de mi esposa. Qué mujer tan simpática, añadió, y enseguida continuó: Me invitó a su casa, tiene un departamento precioso frente al mar, había mucha gente, estaba el embajador americano, qué hombre tan guapo. Mientras mi esposa se reía escuchando el mensaje, yo me preguntaba si mi madre, tan proclive a...

Una familia de locos

U

Mi hermana Carolina, dos años mayor que yo, avezada inversionista, adicta al dinero, está enojada porque no le he regalado mi más reciente novela “Los golpistas”. Su enfado me ha sorprendido gratamente, pues no imaginé que ella tendría curiosidad por leer esa novela, o alguna de mis novelas. Quiero decir, nunca le he regalado mis libros, y no por mala leche o rencor justiciero, sino porque ella...

Ese toro bravo que es la fama

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Esto de firmar libros no es broma, es cosa seria. El jueves pasado, en una librería de Madrid, Casa del Libro, en plena Gran Vía, me arrojé a los brazos de mis lectores, o ellos se echaron a los míos, y esa fusión amorosa, pródiga en sonrisas y palabras acarameladas, duró tres horas y concluyó no por falta de más lectores avanzando en la fila serpentina, sino porque la librería, ya era hora...