Ese viernes por la tarde, mientras hacía maletas a toda prisa, el jardinero y el carpintero, integrantes casi de mi familia, colocaban ruidosamente láminas de metal en las puertas y ventanas de la casa, al tiempo que los meteorólogos, esos monarcas de la exageración, reyes de la hipérbole, pontífices de la histeria y el pavor, anunciaban que el huracán tan temido pasaría por el techo mismo de mi casa, una propiedad noble que compré hace años y no quisiera vender nunca, incluso si esta isla quedara sumergida bajo el agua.

Me despedí atropelladamente de ellos, manejé como una fiera por las autopistas crecientemente despobladas, llegué al aeropuerto sin saber si el vuelo de Avianca a Lima estaría cancelado o todavía operativo y recordé, o vine a confirmar, lo tonto, cenutrio, pazguato que soy: por supuesto, no había dónde parquear, todos los estacionamientos del aeropuerto estaban copados, desbordados de autos de viajeros previsores o residentes astutos de la ciudad que, aun sin viajar, habían dejado sus coches en aquellos parqueos techados, en apariencia seguros. Desesperado, dando vueltas y vueltas, saliendo y volviendo a entrar en las pistas aledañas al aeropuerto, buscando algún lugar donde dejar la camioneta, pensé: debí tomar un taxi, cómo no se me ocurrió que los parqueos estarían todos llenos, soy un tarado en toda la línea. Finalmente, y tras maniobras suicidas, logré traspasar una débil barrera de seguridad y dejé la camioneta en un parqueo reservado a las autoridades del aeropuerto. Pensé: no me importa si remolcan la camioneta y me clavan una multa, lo que no puede ocurrirme es que pierda el vuelo de Avianca.

Enseguida caminé una distancia que parecieron millas, empujando mis dos maletas grandes con rueditas, entre una diezmada y naturalmente ansiosa población de viajeros tardíos que pugnaban por escapar todavía a tiempo de Miami. La mayor parte de las aerolíneas había suspendido sus operaciones, pero algunas, además de Avianca, sacaban sus últimos vuelos de Miami aquel viernes por la tarde: recuerdo que vi colas en los mostradores de la aerolínea turca, una compañía europea de bajo costo, la gran línea señorial alemana y un operador de vuelos de Gran Caimán.

Grande fue mi euforia, y no quise disimularla, cuando las señoritas de Avianca, tan amables ellas, con sus pañuelitos y uniformes rojos, colombianas tenían que ser, me recibieron con exquisita cortesía, despacharon mis maletas, me dieron el pase de abordar y me pidieron fotos al paso. Las amé y recordé que Colombia produce gentes altamente estimables. He vivido en ese país y guardo los mejores recuerdos, aunque algunos de quienes defienden a su actual presidente frívolo y panqueque me insultan con saña, qué más da. Una vez en el avión, un amplio 330, y gozando porque el asiento vecino se encontraba vacío, celebré mi buena fortuna: pasaría el fin de semana en Lima, acompañando a mi esposa y nuestra hija, quienes habían volado días antes, huyendo del huracán, y volvería a Miami tan pronto como pudiera, para reanudar el programa en vivo. Pasó media hora, pasó una hora, pasaron dos, y el avión, ya las puertas cerradas, no se movía. La voz inquietante del capitán anunció que no disponíamos de permiso para surcar tal o cual espacio aéreo, debido al huracán. Pensé: no despegaremos, se cancelará el vuelo, volveré a casa, me caerá el techo encima, moriré como un valiente o un zoquete, pasaré a la historia como el memo insigne que murió aplastado por un árbol o electrocutado por unos cables caídos, dándoselas de héroe, desafiando al huracán. Pensaba en mi epitafio: “Murió como mueren las comadrejas: aplastado en su madriguera”. Sin embargo, y con tres horas largas de retraso, el vuelo finalmente partió. Horas después, llegué a mi apartamento en San Isidro, Lima, y abracé a mi esposa y nuestra hija, quienes me esperaban despiertas.

El sábado almorcé en casa de mi madre, qué alegría verla ya recuperada de una operación compleja que casi le cuesta la vida por la impericia de quienes la atendieron. Tan pronto como terminamos de comer, Dorita, siempre ella tan llena de vida, se despidió de nosotros y se dirigió al aeropuerto: volaría a Madrid, luego a Bruselas, donde había sido invitada a una boda en un castillo y se quedaría tres semanas, dulce vida la suya. Por la noche cenamos con mi adorable hija Paola, de paso por Lima, y me sentí profundamente orgulloso de ella. El domingo tuve la fortuna de almorzar con mi tía Fina, hermana menor de mi madre, una mujer elegante, inteligentísima, astuta, encantadora, y con tres de sus hijos, todos listísimos, brillantes, divertidos: hacía tiempo que no me divertía tanto, y así se los dije. A la noche cenamos con mi hermano Oscar y su queridísima esposa Mary, quienes tienen inagotables reservas de afecto y paciencia con nuestra hija de seis años, que ciertamente prefiere estar con ellos y sus primos que con nosotros, sus padres. Ese fin de semana en Lima, disfrutando del clima fresco, un invierno compasivo, sin temperaturas hostiles, recordando lo bien que se come en aquella ciudad y lo proverbialmente amable que es su gente, me pareció sentir que las cosas de pronto habían cambiado: Lima, con un poco de dinero, parecía el primer mundo, y Miami, aun con bastante plata, se comportaba a menudo como una ciudad tercermundista, chapucera, irritante, bananera.

A pesar de que el huracán se encaprichó a última hora, díscolo él, impredecible como un crío malcriado, ensañándose viciosamente con Key West y estragando la costa oeste de la Florida, especialmente Marco Island, un lugar que mi hermana la viajera solía visitar con frecuencia, pasó en Miami todo lo que, desde luego, era fácilmente predecible: se cayeron los árboles, se cayeron los cables de luz, casi todos quedaron, quiero decir quedamos, sin electricidad. Mirándolo desde la comodidad de mi apartamento en Lima, yo pensaba, levemente irritado: ¿cuándo, por ventura, comprenderán las autoridades de Miami que todos los cables eléctricos deben ser soterrados, subterráneos, como ocurre en los barrios modernos de la ciudad, por ejemplo Weston, Pembroke Pines y ciertas zonas del Doral? Lo peor no fue entonces la escabechina que dejó el huracán en Miami, sino la deplorable falta de previsión que pilló a la ciudad: por eso, tantos días después, al momento de escribir estas líneas, seguimos sin luz, y por consiguiente sin aire acondicionado, y con la nevera apestando, ya todos los alimentos descompuestos, tirados a la basura. Para millones de residentes de la Florida, cuénteseme entre ellos por favor, han sido días, y sobre todo noches, sin luz eléctrica, durmiendo, o tratando de dormir, en medio de un calor opresivo, sofocante, bochornoso, lo que resulta virtualmente imposible, tanto que muchos duermen dentro de sus autos, con el aire encendido, y algunos han muerto intoxicados por el monóxido de carbono. Yo volví a Miami el martes temprano, apenas reabrieron el aeropuerto, gracias al servicio encomiable de Avianca, y tuve la suerte de encontrar la camioneta allí donde la aparqué indebidamente, y han sido ya tres noches sin luz ni aire, sudando como un animal en un matadero, como toro en las fiestas de Pamplona, como preso político en una mazmorra cubana, como talibán en Guantánamo. Mi esposa y nuestra hija llegarán el domingo, ¿seguiré sin luz ni aire en la casa? Porque ellas, a buen seguro, no se quedarán ni media hora en esta casa si continuamos con la electricidad interrumpida, y habrá que conseguirles un hotel decente. Y por cierto: estos días largos, pesarosos, sudando copiosamente, ¿nos serán descontados de la próxima cuenta de luz? No lo creo, seguramente nos cobrarán más. Así las cosas, es inevitable sentir que Miami es una ciudad administrada con la tradicional incompetencia latinoamericana y que se comporta en situaciones de crisis como un reducto más del Tercer Mundo. No puedo irme porque debo hacer el programa cada noche y la audiencia espera que los periodistas seamos más valientes y corajudos que ella, pero, si pudiera, escaparía de regreso a Lima, a disfrutar del clima benévolo y la comida insuperable, o me iría a Bruselas a acompañar a mi madre Dorita, quien, sospecho, está siendo delicadamente cortejada por un viudo reciente, un caballero honorable como van quedando pocos.

Podría decírseme que nadie me obliga a pasar noches quemantes en mi casa y que bien haría en mudarme a un hotel con luz y aire acondicionado, pero todos los hoteles de la isla en la que vivo se encuentran todavía cerrados, y no me tienta en absoluto gastar fortunas solo para dormir cómodo: quiero decir, entiéndaseme bien, que soy un tacaño incurable, y esa propensión al gasto comedido corre, me parece, en mis venas, es un inexorable mandato genético. Si esta noche, al volver de la televisión, mi casa sigue en la penumbra más espesa, en el corazón mismo de las tinieblas, creo que dormiré dentro de la camioneta, el aire acondicionado a tope, yo a duras penas en calzoncillos, y me vale madre si pierdo la vida envenenado por los gases letales que expele el tubo de escape: prefiero morir fresquito y sin darme cuenta, que sudando masivamente en este horno inhumano que es mi casa.

12 pensamientos acerca de “Este horno inhumano

  1. Carlos Díaz

    Querido Jaime siempre pensé que el paraíso no se sufría de estas cosas tan cotidianas para nosotros menos mal que empecé a leer tú columna nunca es tardé para aprender gracias.

    Responder
  2. Jorge granada

    Jaime, sos un loco lindo. Si alguna vez tenés ganas de venir a estas tierras de argentos del tomate, te invitaré a mi casa a charlar un rato de pelotudeces. Debo aclararte que vivo en un colectivo que armé como casa y que lo estacioné en uno de los tantos paraísos que deben existir en el planeta. No te ilusiones con sexo gay o tríos, no comparto a mi esposa. Suerte con el cáncer que aún no te han diagnosticado.
    Saludos.

    Responder
  3. Esther

    Y me pregunto…llegó la luz a tu hogar?. Hubiese sido un honor tenerte en casa, es cuestión de hacer la correcta petición, cierto? Qué es lo que realmente hace sentir el calor, qué incomodidad trae consigo? Si hay agua, qué importa sudar? Noches para entregarse a Morfeo con nuestros desnudos y sudados cuerpos… la imagen se siente bien. En fin… no importa el qué sino cómo lo vivimos. Espero llegue la luz pues hoy serán tú, Silvia y Zoe. Felíz Vida Jaime y no tomes Chai Tea!

    Responder
  4. Hector Ramos

    Hola querido Jaime…saludos…que bueno que estes bien…siempre corajudo y cojonudo desde tu programa de tv y desde tu columna…buen viento y buena mar…me encanta leerte…un abrazo

    Responder
  5. Marcelo Castro

    Hola Jaime soy uno más de los que pierden su tiempo (pero me divierto) leyendo tus historias, hace unos días me tomé el tiempo de escribir un post que ha sido muy comentado, ocasionalmente escuché algunas opiniones tuyas sobre la selección, te invito a que pierda tu tiempo leyendo estas líneas espero te guste, saludos. https://m.facebook.com/photo.php?fbid=1945682105652981&id=100006336312194&set=a.1882548321966360.1073741829.100006336312194&notif_t=like&notif_id=1505507620562884&ref=m_notif

    Responder
  6. Elisa

    Excelente tu relato ,,, pero me pregunto ¡¡se que eres un tacaño porque tu lo afirmas siempre pero una planta eléctrica no sale muyh costosa yo que soy casi pobre tengo una que me costó $199 Y con este huracan me funcionó para co estar mi refri y un tv ya que es pequeña y no aguanta mucho creo que podrías comprar una un poco más grande que te funcionaría con la nevera y varios ventiladores y claro que estoy de acuerdo con lo del cableado por debajo de la tierra pero recuerda la corrupción esta en todas partes del mundo un cordial saludo

    Responder

comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.