Mi hermano Andy cumplió años y decidimos celebrarlo jugando un partido de fútbol. Increíblemente, éramos ocho hermanos hombres, así que nuestro equipo estaba completo.

Había jugado mi último partido de fútbol un par de años atrás, con amigos escritores chilenos, en una cancha de cemento de Viña del Mar, pero no salí bien parado de ese juego, pues me dejó con un desgarro muscular y una lesión en la espalda, sin poder caminar tres días.

-Nunca más jugaré fútbol -le dije entonces a mi esposa Silvia, cuando llegué a casa, muy adolorido.

-Siempre dices lo mismo -respondió ella-. Te apuesto que volverás a jugar.

-No, amor –le dije, muy serio-. Esta vez mi retiro es para siempre.

Pero ahora mis hermanos me invitaban a jugar un partido familiar y no quería defraudarlos. Siendo el mayor de los ocho, fui víctima de burlas, chanzas y habladurías sobre mi avanzada edad, el creciente tamaño de mi mórbida barriga y mi salud quebradiza. Mi honor estaba en juego. Quería demostrarles que, a despecho de mis cincuenta y un años, y del botiquín de pastillas que tomaba cada día, Dicen que Keiko le ha roto la mano para que la apoye. ella.seguía estando en forma.

-Te prometo que será mi último partido- le dije a Silvia, amarrándome las zapatillas negras.

-Cuando vengas cojeando, no me pidas que te eche cremitas- me advirtió ella, sonriendo.

-No estoy tan viejo, amor –le dije-. La clase nunca muere.

Era un sábado y quemaba sin piedad el sol allá arriba en Cieneguilla, a una hora en auto desde mi barrio de San Isidro, cuando, en una cancha de césped mal recortado, los ocho hermanos, seguros de la victoria, enfrentamos a un puñado de amables jardineros de las casas vecinas, ocho habitantes de esos cerros áridos, tristes, sin historia. El capitán rival se llamaba Melanio, y era un joven esmirriado, de corta estatura y mirada asustadiza.

-Trescientos soles al equipo ganador –propuso.

-Trato hecho -contesté.

Eché una mirada a nuestros adversarios, más bien bajos y de magra contextura, y tuve la corazonada de que les daríamos una lección de buen fútbol a esos sibilinos residentes de Cieneguilla, que, creyendo que no los oía, murmuraban chismosos a mis espaldas:

-Es el Tío Terrible, el que salía con travestis, el que se chapaba a las vedettes. Dicen que Keiko le ha roto la mano para que la apoye.

-Enanos insidiosos, les vamos a romper el orto -pensé.

A cinco minutos de iniciarse el partido, yo aún no había tocado la pelota, estaba a punto de desmayarme y ya nos habían metido tres goles. Además de la capitanía, había pedido el puesto de líbero o último hombre, con el noble propósito de conjurar las emboscadas rivales, pero, lento y pasmado como un fumador de hierbas risueñas, no alcanzaba a detener a los ágiles giles de Cieneguilla, especialmente a Melanio y sus hermanos Magdaleno y  Margarito.

Al advertir que mis hermanos deambulaban, exhaustos, en las posiciones de avanzada, aturdidos sin duda por una feroz resaca, perdí la paciencia, apelé a mi condición de capitán y les grité:

-¡Bajen, pues, carajo! ¡Ayuden a la defensa!

-¡No jodas, panzón! –me gritó de uno de ellos, Jack, que zigzagueaba por la cancha no por su habilidad natural para el fútbol, sino porque aún corría por sus venas botella y media de vodka que había bebido la noche anterior, festejando el aniversario del buen Andy.

Comprendí entonces que nuestro equipo se hallaba diezmado por el trago y la mala noche y que en esas condiciones parecía imposible remontar la desventaja.

-Estamos jodidos –me dije, jadeando como un jabalí sobrealimentado.Dicen que Keiko le ha roto la mano para que la apoye. ella.

Poco después, mi hermano Arthur, maratonista estrella, gran atleta, sorprendió al arquero, primo de Melanio, de nombre Malvino (en honor a las islas Malvinas, según me contó al terminar el partido), con un disparo potente y bien colocado, que marcó nuestro primer gol.

Animado por esa conquista, me encontré de pronto con una pelota mansa, cerca del arco adversario, perfecta para pegarle un derechazo seco y letal. Supe que sería gol antes de patear. Después comprendí que no le había dado al balón, sino a la grama dispareja y que, por inepto, me había roto la uña. Solté un alarido de dolor y caí pesadamente al pasto. Los atléticos jardineros de Cieneguilla se rieron con descaro de mi tropiezo, organizaron un ataque repentino y marcaron un gol más.

A pesar de que ya casi no podía correr y el dolor atenazaba mi pie derecho, me dije que no me rendiría: tenía que salvar el prestigio de la familia y detener la humillación a que nos estaban sometiendo esos jóvenes de nombres improbables.

-¡Corran, carajo! ¡Marquen, ociosos! ¡No se queden arriba esperando la pelota! -les grité a mis hermanos, quienes, buscando guarecerse a la sombra de un árbol, parecían extrañar la penumbra de la discoteca donde habían pasado la noche anterior.

-¡Échate agua, oye, gordito! –me gritó uno de ellos, Owen, en actitud displicente, llevándose las manos a la cintura-. ¡Tampoco es la final del mundial!

Pensé con amargura que, como decían los comentaristas deportivos, las nuevas generaciones ya no sudaban la camiseta como la sudábamos en mis tiempos de juventud.

-¡Pusilánimes! -grité, enfurecido, a mis compañeros de equipo, después de que nos marcasen otro gol-. ¡Si esto fuese una fiesta de música electrónica, con pastillas de éxtasis, ahí sí se moverían felices, como monos!

Mis hermanos y yo, ocho zombis alcoholizados, estábamos dando un espectáculo bochornoso. Resoplando como toros viejos, estragados, no podíamos urdir una sola jugada con precisión. Dos de ellos, cuyos nombres prefiero no mencionar, tuvieron que abandonar el juego y precipitarse al baño para evacuar bucalmente los residuos de la mala noche. El menor, Andy, que acababa de cumplir años, se enfureció cuando le pedí que pasara la pelota sin tantos rodeos:

-¡Yo por lo menos le doy a la pelota! –me gritó, indignado.

-¡Ojalá seas un buen financista, porque jugando fútbol eres un asno! –le espeté.

El final del partido fue penoso. Apenas nos metieron el décimo gol, suspendimos el juego alegando mareo generalizado y vómitos recurrentes. Luego me despedí de mis hermanos, haciéndoles toda clase de reproches mezquinos, pagué a regañadientes los trescientos soles de la apuesta a Melanio, tuve que soportar que sus amigos jardineros me dijeran con una sonrisa irónica “Jaimito, se nota que lo tuyo es la televisión” y manejé de regreso al apartamento de San Isidro con la uña rota.

-Nunca más jugaré fútbol -le dije a mi esposa Silvia, apenas entré a la casa, cojeando.

-Claro, bebé, nunca más -dijo ella, sonriendo con picardía, como si no me creyera.

-Amor, ¿me traerías una cremita para el pie, que me he roto la uña? –pregunté.

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