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El viajero consentido

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El viajero experto, profesional (y me jacto de serlo, perdón por la inmodestia), elige el vuelo no sólo teniendo en consideración el horario de salida (casi nunca vuelo antes de las dos de la tarde, debido a que soy un dormilón y detesto madrugar), sino especialmente el tipo de avión: hay que evitar los viejos 737 y los pequeños 319, buscar con denuedo los 757, 767 y 321 que tengan “asiento...

¿La familia o el programa?

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Viajar o no viajar, ésa es la cuestión. Debemos decidir en las próximas horas si nos subiremos a un avión con destino a Los Ángeles y manejaremos un par de horas al sur hasta una playa que no conocemos y nos han recomendado, Laguna Beach. Mi familia (quiero decir mi esposa y nuestra hija de seis años) pide viajar. La próxima semana será la última de las vacaciones escolares y enseguida nuestra...

Ha muerto el televisor

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Cuando era un niño y vivía con mis padres y mis numerosos hermanos en una casa muy grande, arriba de un cerro, en Los Cóndores, a una hora de la ciudad, teníamos un solo televisor instalado en la sala principal, sobre la chimenea, y era en blanco y negro, y no existían entonces el control remoto, ni la televisión a colores, ni mucho menos el cable, y solo podíamos ver tres canales, el 4, el 5 y...

Una bolsa debajo de la cama

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La semana pasada estuvimos en Los Ángeles. Cuando digo “estuvimos”, me refiero, por supuesto, a mi esposa y nuestra hija de seis años, sin las cuales no me apetece o provoca viajar a ninguna parte, porque un día sin ellas es un día triste, malhadado. No me jacto de conocer bien esa vasta ciudad. La he visitado en numerosas ocasiones, y siempre me he quedado en Santa Mónica, cerca del mar, porque...

Cinco días en Vancouver

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Hacía muchos años, nueve para ser exactos, que no venía a Vancouver, British Columbia. Aquella vez vine a visitar a mi hermano, que se había instalado recientemente en la ciudad, y empezaba a conquistarla con dosis parejas de aplomo y arrojo. Ahora lo encuentro nuevamente en este lugar fascinante, de una luz arrobadora y un aire limpísimo, con los bosques y los parques más lindos que uno pueda...

Un hombre y un revólver

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Cuando mi esposa me dijo que quería irse dos semanas a Lima con nuestra hija de seis años, para escapar del calor agobiante de Miami y disfrutar del suave invierno de Lima, tan suave que a veces no parece invierno, pensé que nos vendría bien dejar de vernos unos días y, si acaso, extrañarnos. Desde que ella quedó embarazada siete años atrás, nunca nos habíamos separado más de tres o cuatro días...

El tesoro oculto de mi madre

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Saliendo de la Casa Blanca, tuvimos que pasar por un detector de metales y la alarma sonó apenas registró algo extraño en la cartera de mi madre Dorita. Un atento oficial uniformado escudriñó el bolso de mi madre y encontró dos cucharitas de plata. -Son mías –se apresuró a aclarar Dorita-. Las traje por si me invitaban un tecito. El oficial le creyó y las colocó de vuelta en la cartera. Pero yo...

Ni los peluqueros

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Descorazonado porque mi editor no respondía sobre el manuscrito que le había enviado, y abatido porque el canal estaba en problemas financieros y me había sugerido unas vacaciones forzadas, no pagadas, que decliné por la aguda crisis venezolana, que me exigía salir todas las noches en directo, informando de los abusos y tropelías de la dictadura de ese país, llamé por teléfono a mi madre Dorita...

¡Todos gays!

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Mi madre Dorita entró en su habitación del hotel en Washington, cerró la puerta y se encontró a oscuras. Todo era una densa penumbra, el oscuro corazón de las tinieblas. Quiso encender la luz, pero no sabía dónde se hallaba el interruptor. Caminó a tientas, procurando no tropezar y caerse, dando palos de ciego, tocando sigilosamente las paredes a ver si encontraba el modo de encender las luces...

¿Dónde está la piscina?

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-Yo no me pongo un vestido ni zapatos de tacos para ir a la Casa Blanca ni para casarme –sentenció mi esposa. La amé. Se había vestido con unos pantalones negros bien apretados y unos botines negros, toda ella muy masculina, como si viniera de cortar leña con Ellen DeGeneres. Caminábamos por la calle Diecisiete, rumbo a la Casa Blanca. Hacía un calor infernal a media tarde, 92 grados F, aun peor...