Viajé a Madrid por primera vez, desde Santo Domingo, donde pasaba una semana al mes, grabando un programa de televisión, cuando tenía veintidós años. El Perú se deshacía por culpa de un demagogo que había ordenado que el gobierno se apropiase de los bancos y cuya política económica había sumido al país en la miseria y el caos. Yo estaba resuelto a dejar la cocaína, de la que me había hecho adicto desde los veinte años. No me drogaba la semana al mes que pasaba en Santo Domingo, trabajando en televisión, ni los días que pasaba en San Juan o Miami, camino a La Española, pero las dos semanas de cada mes que pasaba en Lima, andaba volado de marihuana y duro de cocaína, tratando de escribir unos cuentos traspasados por la desdicha y la soledad, sin resultados alentadores. Un buen día, caminando por el malecón de Santo Domingo, frente al hotel Jaragua, me dije: si quiero dejar la coca, tengo que irme de Lima, y si quiero ser un escritor, tengo que irme a Madrid.

Llegué en junio, a principios del verano, sin conocer a nadie en esa ciudad, a no ser por el escritor Carlos Alberto Montaner, a quien había conocido en las grabaciones del programa en Santo Domingo. Carlos era un intelectual brillante, agudo, generoso y divertido: había publicado un puñado de libros, era dueño de una editorial y una agencia periodística, y despachaba en una imprenta antigua en el centro de Madrid. Me aconsejó, con afecto paternal: hagas lo que hagas, trata de ser tu propio jefe, el dueño de tu negocio, de manera que nadie pueda despedirte de tu trabajo. Le dije que quería ser un escritor, un novelista. Me dio ánimos, aunque me advirtió de que sería difícil: él había publicado una novela y un libro de relatos, y sabía bien de lo que hablaba.

Acostumbrado a una vida confortable, no pude soportar los ruidos y el calor del centro de Madrid y me mudé a un hotel moderno, en los suburbios, con aire acondicionado, una estupenda piscina y un buen gimnasio. Pacté con el gerente una tarifa mensual y decidí que allí me quedaría a vivir hasta que terminase mi libro de cuentos y se me acabase la plata. Ya luego vería si buscaba un trabajo. No estaba realmente urgido de conseguir un trabajo porque había amasado unos pequeños ahorros en varios años de televisión, pues comencé a exhibirme temerariamente en ella desde los dieciocho, y porque convencí al productor del programa en Santo Domingo para que, en lugar de llevarme todos los meses desde Lima, me hiciera volar desde Madrid, con lo cual aseguré ese pago en dólares, mes a mes. Gracias al programa, y a mis ahorros, pude pasar los tres meses del verano en ese hotel de Madrid. Ocurrieron dos cosas extraordinarias: como no hablaba con nadie, ni siquiera por teléfono, ni veía a nadie, escribía mucho, y como no tenía amigos, amantes ni vida social, pues no veía tan siquiera a Montaner, dejé de ser un cocainómano. En ese hotel moderno en los extramuros de Madrid, comencé a ser un escritor y abandoné para siempre el hábito horrible de aspirar cocaína: nunca más lo hice, ni siquiera cuando, años después, en una fiesta en Madrid, me la ofrecieron en una bandeja de plata.

Ahora que miro atrás, y recuerdo el desastre que era el Perú aquellos años, y lo mucho que la soledad de Madrid me espoleaba para ser un escritor, pienso que debí quedarme: alquilar un apartamento, aceptar la oferta de Montaner para trabajar en su editorial, seguir viajando a Santo Domingo y desapegarme de las cosas peruanas, siempre tan tóxicas. Pero las cosas no ocurrieron así. Vargas Llosa entró en política, yo había sido desde niño un apasionado de la política, era amigo de sus hijos y decidí volver a Lima para acompañarles en la aventura política. Me marché del hotel en los suburbios de Madrid y nunca más he regresado, ni siquiera para hacerme una foto, y me puse en campaña, desde la televisión, para que Vargas Llosa fuese presidente. Fracasé, fracasamos, pero fue una aventura fantástica, que, cuando terminó, me devolvió a Madrid, ahora sí con la certeza de que no volvería a Lima y convertiría mi libro de relatos autobiográficos en una novela sobre las complejidades de ser bisexual, marihuanero, ateo y cocainómano en una familia profundamente católica, puritana y homofóbica.

Acompañado de un amigo, que también quería ser escritor, pero al que le tentaba más ser diplomático y darse la buena vida, alquilé un cuarto con dos camas en un apartamento de un ricachón, a pocas calles del parque del Retiro, en el barrio donde vivía mi amigo Montaner, quien, ciertas noches, me paseaba en su Mercedes antiguo, de colección, y, con suma generosidad, me azuzaba a terminar el bendito libro de cuentos o la novela y publicarlo. Yo había entrado en España como turista, con una visa de seis meses continuos, luego tendría que salir, aunque solo fuese a Andorra por unos días, para luego volver. España vivía tiempos espléndidos, de gran bonanza económica y extraordinaria pujanza cultural. Se publicaba mucho, se leía mucho, se hacía política moderna, era allí donde, si quería ser un escritor, debía quedarme. Pasé seis meses en Madrid, escribiendo todos los días, todos, incluyendo los domingos, en un cuaderno a mano, los cuentos que se desbordaron, entrelazaron y terminaron siendo una novela: “No se lo digas a nadie”. Cuando la terminé, o creí que la había terminado, habían pasado ya los seis meses y tenía que elegir entre formalizar mi estatus migratorio, pidiéndole de nuevo trabajo a Montaner, o irme un tiempo de España. Ya entonces no hacía el programa en Santo Domingo, se lo había delegado al hijo mayor de Vargas Llosa, quien, luego de la derrota política, se quedó extraviado, sin saber adónde ir, y se afincó en Miami, viajando cada tres semanas a Santo Domingo, a conducir el programa al que yo supe darle lustre durante cinco años.

No regresé a Lima, me mudé a Miami, donde me contrataron para hacer un programa. Yo había cumplido veintiséis años, terminado la novela, o eso creía, no tenía novia ni novio, había dejado las drogas, y quería algo que entonces parecía una quimera, una cosa esquiva, inalcanzable: ser escritor, sí, pero, también, darme la buena vida, no privarme de nada, no vivir pobretón y harapiento y dando lástima, vivir como un principito, como me habían mal acostumbrado desde niño. Tenía que ser posible vivir como un dandy itinerante de la literatura: lo habían logrado, en apariencia, Vargas Llosa y Bryce, por qué no podría yo. Pero, como no estaba tan seguro de mi valía como escritor, y no sabía si alguien se animaría a publicar mi novela, que corregía incesantemente, decidí que la mejor manera de ser un escritor con dinero era preservar un programa en la televisión, de manera que no dependiese del dinero incierto de los libros y tuviese un ingreso consistente. Esa fue la apuesta que hice hace veinticinco años, en la isla de Key Biscayne, donde continúo viviendo: publicaré todos los libros que encuentre en mis vísceras, pero no seré un escritor casposo, piojoso, desastroso, crapuloso, seré un escritor con una vida confortable, muelle, desahogada, uno que, precisamente porque es sospechoso de ser rico y famoso, se permite la licencia de contar el mundo de los ricos y famosos.

Cuando, tres años después, una editorial española, Seix Barral, publicó mi primera novela, y vendió quince ediciones en un año solo en España, y la mítica Carmen Balcells me fichó como escritor de su agencia, junto a los pesos pesados de la literatura en español, como Gabo, Vargas Llosa o Allende, y de pronto llegaban las liquidaciones con mis regalías por el éxito inesperado de aquella novela, le pregunté a Carmen, comiendo con ella en su piso de Barcelona: ¿debo dejar la televisión? No, no la dejes nunca, ni se te ocurra dejarla, me aconsejó, y he sabido hacerle caso. Han pasado veinticinco años. Carmen ya no está y se deja extrañar. He publicado alrededor de doce novelas, poco más. Sigo haciendo televisión en Miami. He presentado programas en distintas ciudades de América. He logrado ahorrar un dinero decoroso. He pagado sin mezquindad las exclusivas universidades de Nueva York en las que estudian mis hijas. Podría retirarme de la televisión: llevo más de tres décadas perseverando en ese oficio deslenguado, camaleónico. Pero no renunciaré ni me retiraré, hasta que me echen a empellones y patadas.

Si me hubiera quedado a vivir en Madrid en 1987, cuando la asalté por primera vez, o en 1991, cuando la abordé como un pirata cuenta-cuentos, ¿habría escrito los libros que escribí, habría publicado en las mismas editoriales que me acogieron, habría sido un mejor o un peor escritor, habría hecho televisión en España? No lo sé. Seguramente hablaría como español castizo, no sería padre de tres hijas, viviría si acaso en un minúsculo apartamento (o estaría muerto de sida o cáncer al pulmón), me movería en metro y, una vez al año, volvería a Lima, apiñado en clase turista. Puedo decir que he conseguido lo que me propuse: dejé Lima, dejé la cocaína, encontré la manera de ser un escritor (no digo que un gran escritor, solo uno leal a su mundo y sus historias) y, siempre que vuelvo a Madrid, me permito la extravagancia de volar en primera y alojarme en un hotel espléndido, señorial, solo para persuadirme de que sí, mal que mal, soy un escritor y un señorito, y nadie pasa pobrezas en mi familia por culpa de mi extraña vocación por contarlo todo.

10 pensamientos acerca de “Un escritor y un señorito

  1. Fernando

    Qué buenaaaa!!… digno de imitar. Lo que me vacila de leerte y seguirte es que has conseguido lo que alguna vez me gustaría conseguir a mi: ser LIBRE. Saludos de un fan al que le gustaría seguirte los pasos. Por lo pronto escribo y leo poquito pero ahí vamos. Con FE.

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  2. oscar

    Lo mejor de tus columnas, es que, siempre las adjudicas de una transparente sinceridad. Lo cual transmite a uno, la experiencia que viviste en España, pero lo mejor de todo, lo que hiciste mal, y hasta hoy día, lo manifiestas. Gracias Jaime por tu relatos, escrituras, y más que todo, por tu honestidad.

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  3. heidi perez

    Mi novio es como tu: un escritor y un señorito… solo quiere ganarse la buena vida de lo q escribe.. ojala algun dia tenga la suerte de encontrarse esa gente q te encontraste tu 🙂 saludos dsd el gris pero a veces soleado Londres

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  4. Marko Jensterle

    Muy linda historia. En estos dias debe llegar a mi casa tu nuevo libro. He leido todos tus libros y me encanta tu literatura. Saludos de Eslovenia! Marko Jensterle

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  5. Sergio

    Justamente por esa mezcla de escritor y señorito es que te quiero tanto… Desde los años locos cuando perpetrábamos la PUCP – unos más concentrados en España 82, otros desentrañando locuras. 🙂

    Abrazos biscaynos, vizcaínos y choli-germanos

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  6. Ana

    Es cierto que la televisión vende y mucho; pero yo te conocí primero como escritor, te he leído TODOSssss tus libros y espero que saques el próximo para volver a leerte …. es que me da mucha pena terminarlos …. te leería de corrido … siempre … como quien lee Las mil y una noches.

    Y, si, te hubiera visto en televisión .. seguramente NUNCA te hubiera comprado un folletín siquiera … son dos Jaimes diferentes.

    El que escribe lo hace muy bien, con una frescura pocas veces vista … el de la tv .. es eso .. un señorito remanido;) con cariño lo digo. Yo te conozco por los libros.

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  7. mariella Strusberg Benavides

    Jaime
    Eres un un simpatiquísimo, deslenguado , autentico , honesto ( con su respectiva dosis de lo necesariamente real)
    personaje , que se ha hecho casi imprescindible en nuestro mundo de las letras y la televisión
    Gracias por estar
    Un abrazo

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