Llego al canal a las ocho de la noche. Todavía no ha oscurecido. Estaciono mi auto viejo, con cincuenta mil millas, en un lugar para las visitas. No tengo parqueo reservado, como los gerentes y ciertos talentos de la estación. A lo lejos veo el auto lujoso, azul oscuro, bellísimo, del periodista veterano que sale a las ocho de la noche. Es el auto de mis sueños. Pero lo maneja él y no yo. Mi auto es más modesto que los coches de los camarógrafos y los músicos de la orquesta del programa de las nueve. Podría comprarme uno mejor, pero le tengo cariño a mi carro viejo. Ha sido bueno conmigo, no me ha provocado ningún accidente, no quiero desprenderme de él. Soy un bobo sentimental. Me encariño de las cosas. A veces hasta les hablo.

Un par de gatos me miran con recelo en la puerta del canal. A veces maúllan porque tienen hambre. Les dejo un pedazo de chocolate, un alfajor, un merenguito, pero olfatean el dulce y no lo comen. Son más inteligentes que yo. Saben que no les conviene comer tanta azúcar. Por eso están delgados, ágiles, atentos, y yo, gordo y pesado como una tortuga. Pero, a pesar de que ellos me humillan cada tarde, esquivando juiciosamente los dulces, los quiero. Veo en ellos una mirada astuta, esquinada, retorcida, taimada, que no veo en ciertos talentos del canal. Si pudieran hablar, los gatos harían grandes entrevistas. No confían, saben que les mentimos, son ferozmente independientes, insobornables. Son, sin duda, mucho mejores que yo.

En el cuarto de edición, donde pasaré una hora eligiendo los videos y recortándolos de modo que solo propalemos los fragmentos convenientes, me someto al talento del editor del programa, un cubano tranquilo, agudo, muy inteligente, que no grita, no intriga, no conspira, que sabe hacer su trabajo con un aplomo y una elegancia que no he encontrado en otros editores, y llevo ya décadas haciendo televisión. Es una suerte ponerme en sus manos y editar con él y ver cómo vamos dándole forma a lo que será el monólogo político inicial. No conviene predicar demasiado, tampoco tomárselo todo a la broma, es preciso encontrar el punto medio entre la diatriba y la sorna, entre la ironía y el latigazo, entre la denuncia y la broma. El humor que mejor funciona es el que parece improvisado y uno descarga a expensas de sí mismo, a despecho de sí mismo. Esa hora editando pasa rápido y es divertida y, sin embargo, también me deja descorazonado, porque me ilustra una y otra vez sobre la infinita estupidez de la condición humana, y sobre la ruindad, la vileza, la abyección, de ciertos dictadores, matones, cachafaces, truchimanes y malandrines de la política. Qué suerte tengo, me digo, editando, de estar acá y no allá, qué bien hice de irme de mi país hace ya tantos años, no fue una mala idea que mis hijas nacieran acá y no allá, y por algo será que todas mis novelas, todas, las he escrito acá, donde me siento libre, y no allá, donde soy un rehén, un sujeto en cautiverio.

Luego me encierro en mi oficina. Son las nueve de la noche. Mi oficina es un espacio minúsculo, con dos sillones blancos rescatados de una antigua escenografía mía, y un espejo viejo, y una mesa donde me sirven agua y café. No tengo computadora. Llevo un celular antiguo, pero lo tengo apagado, detesto hablar por teléfono. Cada tanto miro las noticias en la tableta. Espero a que suene débilmente la puerta. Cuando suena, es la maquilladora, que me anuncia que ya está libre, esperándome. Antes he sentido al veterano periodista de las ocho silbando, siempre silbando, a la salida de su programa, antes de entrar a su oficina, contigua a la mía. Si silba y silba, es porque está contento. Si está contento, es porque le pagan más que a mí, porque tiene más éxito que yo y, sobre todo, porque tiene el auto de mis sueños, un auto incluso más lindo que el del dueño del canal. Se merece el éxito que tiene, pero no debería silbar tanto. Sus silbidos me inquietan y en cierto modo me humillan. Qué pereza con la gente que silba tanto o que canta a gritos o que, como el animador de las nueve, hace unos ruidos extraños, rarísimos, guturales, como de mamífero en celo o animal con ganas de pelear. Yo procuro no hacer ningún ruido y entender los ruidos raros de mis vecinos: uno parece feliz, y el otro, un tanto desasosegado.

Luego voy al cuarto de la maquilladora. Ya está mejor. Llevaba semanas sin poder dormir. A escondidas de mi esposa, le llevé unas pastillas. No le hicieron efecto. Luego le llevé otras. Funcionaron. Ahora duerme bien y se levanta contenta. Me siento orgulloso de haberla auxiliado. No dormir es la peor de las condenas. Mi madre me educó en servir a los más necesitados. Me sale del corazón ayudar a alguien que es tan infeliz. Ahora la veo relajada, a gusto, qué placer sentir que no soy totalmente inútil y a veces puedo hacer algo bien. Pero mi esposa no debe enterarse. Le preocupa que la maquilladora se haga adicta. A mí no me preocupa en absoluto: soy adicto a tres pastillas para dormir, y gracias a ellas duermo como un bendito diez, once horas, suerte la mía. La maquilladora es suave, delicada, sutil, estimable. Le gusta vivir sola, la quiero por eso. Me maquilla con suma delicadeza y sin perder tiempo y entonces no extraño a las maquilladoras de antes. Yo me encariño mucho de ellas y cuando las despiden me entristezco.

Al entrar en el estudio, reparto dulces entre los técnicos, iluminadores, camarógrafos, y también entre los invitados y el público. No me gusta llegar con las manos vacías. Llego con chocolates, merengues, alfajores, bolitas de nuez y coco, toda suerte de dulces exquisitos que compro en la isla y son muy celebrados por mi equipo de trabajo. Es una manera pequeña y comedida de darles las gracias y procurarles una mínima felicidad. Ciertos viernes que me acompaña mi esposa llevamos también champán o prosecco. Ya luego nos abocamos todos a hacer el programa, procurando divertirnos.

Este año ha sido turbulento, como casi todos los años en el canal. Una señora chillona entró en nuestro horario histórico de las diez de la noche, moviéndonos a codazos, pisando fuerte como toda una diva, perjudicándonos. Tuve que moverme de estudio, pagar una nueva escenografía y resignarme a salir media hora más tarde. Me pareció que ella no merecía entrar por la alfombra roja, poniéndome una zancadilla, porque venía de varios fracasos consecutivos, pero mi esposa me conminó a aceptar la humillación y seguir adelante. Ahora la gerencia me pide que ayude a la señora vocinglera para que tenga el éxito que, de nuevo, le resulta esquivo. Menudo sapo vivo el que me piden tragarme.

No tengo miedo a que me despidan. No tengo miedo a quedarme sin programa. He aprendido a no tener miedo. Mi vida son los libros: los que leo y los que escribo. Eso no me lo quitará nadie, a menos que me quede ciego, y aun así alguien me los leería y yo se los dictaría. Ser un escritor, recordar cada tarde que soy un escritor, aferrarme al vicio de escribir, me salva de las humillaciones incesantes de la televisión. Mi arquetipo no es, no ha sido nunca, Don Francisco o Tinelli, ni siquiera Letterman. Mi modelo es Vargas Llosa. Quisiera llegar a los ochenta años como llegó él, pero sin apartarme de Silvia, a la que quiero tanto.

Cuando termina el programa, me encierro en mi oficina, me quito el maquillaje, leo en diagonal mis correos y salgo sin apuro. No hay prisa por llegar a casa. Solo me preocupa conducir prudentemente, no chocar, no tener un accidente. Envejecer es, también, andar más despacio, ir con cuidado, evitar las colisiones con otros autos y otras personas chocarreras. Llegando a la casa, me siento un hombre afortunado porque mi mujer me espera con una sonrisa y porque en la cocina me han dejado seis huevos cocidos, sin yema, que comeré como si fuera maná caído del cielo. Luego, cuando mi esposa duerma, atacaré los chocolates.

20 pensamientos acerca de “Una noche más

  1. Humberto Navarro

    Felicidades Jaime… Se que algo te inspira para buscar la felicidad a la manera del Señor. Sigue así y no la cagu… «Recuerda que ningún éxito en la vida puede compensar el fracaso en el hogar». Y que pasito a paso te estas construyendo junto con Silvia un hogar con firmes cimientos. Se que poco a poco te darás cuenta que tu familia es eterna.

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  2. vanessa Tumbalobos reaño

    Como te extraño jaimito cuando volveras a tener tu programa aquí en Lima sería genial ,interesante tu columna gracias por todo un abrazo desde Lima

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  3. Alberto Guzmán del Carpio

    Jaime, te escribo desde Bolivia, tuve la suerte de comprar tú último libro,en la feria del libro en la ciudad de Santa Cruz, lo leí en dos días, es muy bueno y te atrapa, gracias por ser tan buen escritor, tengo casi todos tus libros, que compré, en Lima, en Buenos Aires, etc. Dios quiera que algún día, pueda estar frente tuyo, para que me los dediques personalmente. Éxito en la vida, un gran abrazo.
    Alberto Guzmán del Carpio
    La Paz – Bolivia

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  4. Rocio Kumar

    Pobre niño terrible nunca te olvides que
    Los últimos siempre seremos los primeros !!!!! Además sin ofender a los ancianos siempre es bueno cederle los espacios
    Besos desde New York para ti y tu bella familia ❤️❤️
    Te estamos esperando aquí para que firmes nuestros
    Libros

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  5. Virginia

    Admiro tu columna y tu programa de TV que veo todos los días. Tengo como la edad de tu mamá y me identifico con ella porque dice las cosas claras, la ví una vez en tu programa que la entrevistaste y me gustó mucho. Siempre quise ser periodista y no pude lograr mi sueño. Pero me gusta hablar y conversar como tu, medio en serio y medio en broma.

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  6. Yvan

    Gracias por escribir con tan inteligente prosa, la cotidianeidad de la vida. Describes brillantemente -de una forma que yo podré nunca- esos detalles del día a día que son como una vorágine que nos absorbe y nos abstrae de lo más importante de todo: vivir. Un saludo desde tu patria.

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  7. Marianela Rios

    Mi escritor favorito!!! Soy Chilena y me encantaria conocerlo en persona ygual a Silvia y la niña que es amorosa algun dia ire a Miami asegurandome que este ahi y pedirle una entrevista aunque sea de 5 minutos . Un abrazo cordial.

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  8. Josefina Murguía de Reta

    Muy bien señor Bayly que coma solo la clara de los huevos, en la yema está el colesterol malo. Me encantan sus comentarios, parecen tan fáciles de escribir, me divierten mucho. Lástima que no siempre uno puede estar contento, ahora es por culpa de la señora chillona que le ha quitado a la mala el horario más temprano. No hay mal que por bien no venga (al menos eso dicen) así es que a futuro algo bueno recibirá. Un abrazo y hasta la próxima semana.

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  9. Alexander de Peru

    Gracias Jaime por seguir en la television. Ademas de escribir en esta tu columna tan divertida,amena y sincera. Saludos. Amor y Paz a ti y tu familia. Bendiciones.

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comentarios

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